Siempre sucede que días (cuando faltan todavía varios) antes de la competencia, me entra cierto tipo de depresión o cansancio en exceso por la monotonía o continuidad rutinaria de los entrenamientos.
Y es en este momento cuando empiezan las dudas...realmente valdrá la pena todo el sacrificio por una medalla más que colgaré en mi pared? Suena lógico tener que ceder en cuestiones personales para poder alcanzar algo que otros miles de millones de personas también pueden alcanzar, más rapido y sin cansarse? Por qué no puedo ser normal, y como el resto de mis allegados, dedicarme a trabajar y divertirme?
Pero en realidad ya no hay vuelta atrás, la inscripción al triatlón cuesta 1500 pesos (y por ende la medalla) y son no rembolsables, así que no me queda más que aceptar y afrontar los 38 días que me quedan para entrenar, y seguir intentando prepararme para el evento.
Al final, creo que es menos vergonzoso ser la mujer que se quedó a la mitad de la competencia, que ser la mujer que se quedó a la mitad del entrenamiento...
Estas cosas pasan porque unas cuantas semanas antes ocurre el desgaste físico y mental más pesado para el atleta, es cuando los maratonistas se atreven y se proponen correr 35-38 kilómetros de entrenamento, o cuando los triatletas tienen la carga más pesada de distancias y entrenamientos dobles.
En unas semanas esto pasará y el miedo se convertirá en ilusión, y no sólo estaremos en la etapa de recuperación y preparación para la recta final del camino, sino que ese alegre camino me llevará a una meta secundaria igual de alegre...mi 7o medio maratón.
Me podré rendir y empezar a caminar a 4 kilómetros de distancia a la meta en el triatlón, pero hoy, no...
No hay comentarios:
Publicar un comentario